Paren el mundo que me quiero bajar

¡Paren el mundo que me quiero bajar!

Hoy es uno de esos días en los que miro a el mundo, tal y como está, y me dan ganas de gritar: ¡¡Paren el mundo que me quiero bajar!!

Soy una persona optimista y que sostiene, no sin cierta dosis de constancia, una actitud positiva  y amorosa frente a la vida y sus vicisitudes.

Eso me permite construir una realidad cotidiana, mi realidad, con la menor cantidad de altibajos emocionales posibles.

Pero hay días que, sinceramente, se complica la tarea. Me dan ganas de tirar la toalla y abandonarme al fluir del inconsciente colectivo de la queja y la desesperanza.

¿Por qué te cuento esto?

Porque me gusta ser sincera contigo y porque escribir, para mí, es una herramienta que me ayuda a poner las cosas en perspectiva.

Cuando comenzamos el camino del auto-conocimiento y del reencuentro con nuestra auténtica esencia espiritual, nos creemos que nada va a perturbar nuestra paz interior y que una vez instalados en nuestro ser espiritual todo lo que nos rodea se vuelve de color violeta (por eso de la transmutación) y el aire huele constantemente a incienso y mirra.

Y  como si nos hubiéramos sumergido en una bañera de parafina ¡Todo nos resbalará!

Pues no. Ojala fuese así.

Porque la espiritualidad no tiene que ver, exclusivamente, con cantar mantras, mantener constantemente la sonrisa de Buda y hablar pausado y bajito.

Tampoco tiene que ver con no enfadarnos nunca, no dudar, no retroceder sobre nuestros pasos y caminar por la vida como si estuviéramos subidos en  una nube a diez metros sobre la tierra.

No, no, no.

El camino del reencuentro con nuestro ser espiritual no es una línea recta y ascendente acolchada con pétalos de flores sino, más bien, un camino curvado y a veces pedregoso, con muchos recovecos y algunos de ellos muy oscuros.

Y sobre todo no se trata de estar  desconectados de la vida material negando nuestra parte humana.

Somos seres espirituales y eso es maravilloso, nadie nos lo puede negar ni quitar, pero estamos viviendo encarnados, metidos en una funda material en un mundo material con sus reglas materiales.

Y de eso se trata el gran desafío  del reencuentro: de ser capaces de reconocernos como seres espirituales en un entorno material.

Si evitas estar en contacto con tu parte material/humana, desconectándote del mundo y viviendo en una forzada paz interior, te estarías negando la tarea que viniste a hacer.

Viniste a ésta vida, en el planeta tierra, a reconocer y perfeccionar tu maestría acerca de tu verdadero origen y en el camino ayudar, con tu presencia y tus actos, a los demás.

Y eso no lo puedes hacer desde una burbuja y flotando. Eso lo tienes que hacer con los pies bien anclados en la tierra  pero con el corazón conectado a tu ser espiritual. Recordando todas las veces que te sea necesario que esto es simplemente un juego de rol, un teatro, una ficción que nada tiene que ver con tu verdadero Ser al que nada puede dañarlo.

Por eso te pido que no te alarmes ni te desanimes en el camino que emprendiste hacia tu propio reencuentro.

Vas a vivir días maravillosos en los que te vas a sentir totalmente conectado con tu parte divina y habrá también algunos días en los que todo te parecerá una locura y tendrás ganas de huir. ¡No lo hagas!  Respira, tómate cinco minutos a solas, calma tu mente, suelta el enfado. Date el permiso a tener un momento de frustración reconociendo que sólo es eso: un momento.

Usa las herramientas que ya tienes para recobrar tu estado de paz lo antes posible para no dejarte arrastrar al bucle del enojo.

No te fustigues pensando que no eres capaz de sostener un estado de armonía constante, ese es un camino que a veces nos lleva más tiempo del que quisiéramos. Pero el tiempo, como bien decía Einstein, es relativo. Sólo una construcción mental.

Tu camino no depende ni de tiempo ni de espacio.

Así que no te desanimes (no dejes de estar conectado con tu ánima/alma) y recuerda siempre quien eres de verdad.

Con y desde el Amor…¡que es todo lo que somos!

Claudia Martínez Pardo 

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